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Evangelio del día

  • 17 ene
  • 2 Min. de lectura

Jesús defiende a sus discípulos y enseña que la ley está al servicio de la persona. El sábado fue hecho para el hombre, no al revés, y la misericordia está por encima del legalismo.


Reflexión del Evangelio (Mc 2, 23-28)

En este pasaje, Jesús confronta una visión rígida de la ley que había perdido de vista su sentido más profundo. Al defender a sus discípulos frente a los fariseos, no niega la importancia del sábado, sino que lo reubica en su verdadera dimensión: el sábado es un don de Dios para el bien del ser humano, no una carga que oprima su vida ni su dignidad.


Con el ejemplo de David, Jesús recuerda que incluso en la tradición bíblica la necesidad humana y la misericordia han tenido prioridad sobre la observancia estricta de las normas. El hambre, la fragilidad y la vida concreta de las personas no pueden quedar relegadas por una interpretación legalista de la fe. La ley, cuando se desconecta del amor y de la compasión, deja de servir al proyecto de Dios.


La afirmación final de Jesús “El Hijo del hombre es señor también del sábado” es clave. No se trata solo de una discusión sobre un día sagrado, sino de una revelación sobre quién es Él y cuál es su misión: devolver a la ley su rostro humano y salvador. Jesús se presenta como autoridad que interpreta la voluntad de Dios desde la misericordia, no desde la condena.


Este Evangelio invita a revisar nuestras propias actitudes. ¿Vivimos la fe como un conjunto de normas que juzgan y excluyen, o como un camino que libera y da vida? Jesús nos recuerda que toda práctica religiosa debe estar al servicio del ser humano, especialmente del más necesitado. Cuando la fe se convierte en instrumento de amor, entonces cumple verdaderamente su propósito.

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