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Evangelio del día

  • 19 ene
  • 2 Min. de lectura

Jesús explica que sus discípulos no ayunan porque el Esposo está con ellos. Anuncia que llegará el tiempo del ayuno y enseña que lo nuevo de Dios no puede encerrarse en estructuras viejas: a vino nuevo, odres nuevos.


Reflexión sobre el Evangelio (Mc 2, 18-22)
“El esposo está con ellos”

En este pasaje del Evangelio, Jesús responde a quienes cuestionan por qué sus discípulos no ayunan, a diferencia de los seguidores de Juan y de los fariseos. Su respuesta introduce una imagen profundamente humana y espiritual: la del esposo. Mientras el esposo está presente, explica Jesús, no hay lugar para el ayuno, sino para la alegría.


Con estas palabras, Cristo revela que su presencia inaugura un tiempo nuevo, un momento de encuentro, celebración y gracia. El ayuno, la penitencia y la espera tendrán su espacio cuando llegue la ausencia, cuando el esposo sea arrebatado. Pero ahora, mientras camina con ellos, el centro es la vida compartida y la comunión.


Jesús va más allá al usar dos imágenes contundentes: el remiendo nuevo en un manto viejo y el vino nuevo en odres viejos. Ambas enseñanzas subrayan que el mensaje del Reino no puede encerrarse en estructuras rígidas ni en prácticas vacías. La novedad de Dios exige corazones renovados, capaces de acoger el cambio y dejarse transformar.


Este Evangelio interpela también al creyente de hoy: no basta con cumplir normas externas si no hay una verdadera conversión interior. La fe no es un añadido superficial, sino una vida nueva que requiere apertura, flexibilidad y autenticidad.


En definitiva, Jesús invita a reconocer su presencia viva entre nosotros y a dejarnos renovar por Él, porque a vino nuevo, odres nuevos.

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