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Evangelio del día

  • 24 ene
  • 1 Min. de lectura

Jesús enseña que la verdadera familia no se define por la sangre, sino por cumplir la voluntad de Dios. Quienes escuchan y viven su palabra se convierten en sus hermanos, hermanas y madre, formando una comunidad unida por la fe.


Reflexión

En este pasaje del Evangelio, Jesús redefine el sentido de la familia. Cuando le anuncian que su madre y sus parientes lo buscan, Él no rechaza a los suyos, sino que amplía el significado del parentesco, llevándolo más allá de los lazos de sangre.


Al señalar a quienes lo escuchan y afirmar que quien hace la voluntad de Dios es su hermano, su hermana y su madre, Jesús nos invita a comprender que la verdadera cercanía con Él nace de la fe vivida, de la obediencia al Padre y del compromiso con el bien.


Este mensaje rompe esquemas culturales y nos recuerda que el Reino de Dios se construye con corazones disponibles, atentos a la Palabra y dispuestos a ponerla en práctica. No basta con decir que creemos; es necesario vivir conforme a la voluntad de Dios, especialmente en el amor, la justicia y la misericordia hacia los demás.


El Evangelio de hoy nos interpela personalmente: ¿nos limitamos a una fe de palabras o buscamos cumplir la voluntad de Dios en lo cotidiano? Jesús nos asegura que cada acto sincero de obediencia y amor nos integra a su familia, una familia sin fronteras, fundada en la fe y en el seguimiento auténtico.


Palabra del Señor.

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