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Evangelio del día

  • 5 mar
  • 2 Min. de lectura

Jesús narra la parábola del rico y Lázaro para enseñar que la indiferencia ante el necesitado tiene consecuencias eternas. Quien vive solo para sus bienes puede perder la salvación. La conversión debe darse ahora, escuchando la Palabra.



El rico y Lázaro: una llamada urgente a la conversión y la justicia

El Evangelio de este día (Evangelio según san Lucas 16, 19-31) presenta una de las parábolas más impactantes de Jesús: la del rico y el pobre Lázaro. Dirigida a los fariseos, esta enseñanza confronta la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y recuerda las consecuencias eternas de nuestras decisiones.


Jesús describe a un hombre rico que vestía con lujo y celebraba banquetes cada día, mientras a su puerta yacía un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas y hambriento. El contraste es estremecedor: uno vive en la abundancia y el placer; el otro, en la miseria y el abandono. Sin embargo, el relato no acusa al rico por su riqueza en sí, sino por su ceguera y su falta de compasión.


Ambos mueren. Lázaro es llevado al “seno de Abrahán”, imagen del consuelo y la comunión con Dios. El rico, en cambio, sufre tormento. Desde allí suplica alivio, pero se le recuerda que en vida recibió bienes mientras Lázaro padeció males. Ahora la situación se invierte. Entre ambos se abre un abismo infranqueable.


La parábola subraya que la eternidad no es improvisación, sino consecuencia. El tiempo para escuchar, cambiar y actuar es el presente. Cuando el rico pide que adviertan a sus hermanos, la respuesta es clara: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. Es decir, la Palabra de Dios ya ha sido dada; no hacen falta señales extraordinarias para convertirse.


El mensaje es contundente: la fe auténtica se traduce en obras de misericordia. Ignorar al necesitado es cerrar el corazón a Dios. Jesús enseña que la indiferencia construye abismos que luego no pueden cruzarse.


Este Evangelio invita a examinar nuestras prioridades, nuestra relación con los bienes materiales y, sobre todo, nuestra sensibilidad frente al dolor del prójimo. La salvación no se juega en los discursos, sino en la capacidad de reconocer y amar a Cristo presente en los más pobres.

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