Salmo del día
- 22 ene
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El salmista clama a Dios en medio del acoso y la persecución. Confía en su misericordia, seguro de que Dios conoce su dolor, recoge sus lágrimas y lo protege. En Él confía sin temor y cumple sus votos con gratitud.

El salmo del viernes proclama la confianza plena en Dios en medio de la adversidad
El Salmo 55 (2-3.9-10.11-12.13), proclamado en la liturgia de este viernes, es una oración marcada por la angustia, pero también por una confianza firme e inquebrantable en Dios.
Desde los primeros versículos, el salmista expone su situación de amenaza constante: enemigos que hostigan y atacan “todo el día”. No se oculta el miedo ni el sufrimiento; por el contrario, se presentan con sinceridad ante Dios, reconociéndolo como único refugio frente a la persecución y la injusticia.
En un tono profundamente humano, el salmo expresa la certeza de que Dios no es indiferente al dolor. “Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre”, dice el orante, subrayando que cada paso, cada herida y cada lágrima son conocidas y guardadas por el Señor. Esta imagen revela un Dios cercano, atento a la historia personal de cada creyente.
La proclamación central “En Dios confío y no temo” se repite como un acto de fe que vence al temor. El salmista afirma que la confianza en la promesa divina es más fuerte que cualquier amenaza humana: “¿Qué podrá hacerme un hombre?”. No se trata de negar el peligro, sino de ponerlo en perspectiva frente al poder y la fidelidad de Dios.
El salmo concluye con un compromiso agradecido: cumplir los votos hechos al Señor con acción de gracias. Así, la oración pasa del clamor a la alabanza, recordando que la confianza en Dios conduce siempre a la esperanza y a la gratitud, incluso en medio de las pruebas.




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