Santo del día
- 26 ene
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Santa Paula, noble romana del siglo IV, tras enviudar dejó el lujo para abrazar la oración y la vida monástica. Discípula de san Jerónimo, fundó monasterios en Belén, destacó por su caridad y colaboró en la traducción de la Biblia al latín.

Santa Paula, matrona romana (26 de enero)
Santa Paula nació en Roma en el año 347, en el seno de una de las familias más nobles del Imperio. Casada muy joven con el senador Toxocio, fue madre de cinco hijos y vivió durante años rodeada de lujo y comodidades. Sin embargo, la muerte de su esposo marcó un giro radical en su vida: dejó atrás la opulencia para abrazar una existencia centrada en la oración, la penitencia y el servicio a los pobres.
Guiada espiritualmente por Santa Marcela, Paula se integró a un grupo de viudas consagradas y transformó su casa del Aventino en un espacio de vida ascética. En el año 382 conoció a san Jerónimo, encuentro decisivo que despertó en ella un profundo deseo de consagrarse totalmente a Dios y seguir la vida monástica en Tierra Santa.
Tras la muerte de su hija Blesila, Paula partió en peregrinación a Oriente junto a su hija Eustoquio. Recorrieron los lugares santos de Palestina, visitaron a los monjes de Egipto y finalmente se establecieron en Belén. Allí, junto a san Jerónimo, fundó dos monasterios uno masculino y otro femenino caracterizados por una intensa vida de oración, estudio de la Escritura, ayuno y caridad.
Santa Paula tuvo un papel fundamental en la gran obra bíblica de san Jerónimo: impulsó la traducción de la Biblia del hebreo y del griego al latín (la Vulgata) y colaboró activamente en su difusión, copiando los textos junto a su hija. Su sabiduría y humildad también ayudaron a Jerónimo a moderar su carácter y a ejercer su ministerio con mayor mansedumbre.
Murió en Belén en el año 406, confiada plenamente en el Señor, rodeada del cariño de los pobres a quienes había servido como madre. Fue sepultada en la iglesia de la Natividad. Su vida es testimonio de conversión, desprendimiento y amor radical a la Palabra de Dios.
Santa Paula nos recuerda que la verdadera riqueza está en seguir a Cristo sin reservas y poner los dones personales al servicio del Evangelio.




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