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Santo el día

  • lavegaenaccion
  • 6 ene
  • 2 Min. de lectura

San Andrés Bessette, humilde fraile portero canadiense, dedicó su vida a la oración y al servicio de los enfermos. Con fe en san José, acompañó a miles de personas y dio origen al Oratorio de San José, hoy gran centro de peregrinación.



San Andrés Bessette
6 de enero
Una vocación improbable que cambió miles de vidas

La vida de San Andrés Bessette es una de esas historias en las que la debilidad humana se convierte en el espacio privilegiado para la acción de Dios. Nacido como Alfred Bessette en 1845, huérfano desde los doce años, pobre, enfermo y analfabeto, parecía reunir todas las razones para no ser aceptado en la vida religiosa. Sin embargo, cuando llamó a la puerta de los Hermanos de la Santa Cruz en Montreal, llevaba consigo una recomendación sencilla y profética de su párroco: «Te envío un santo».


Tras dudas y rechazos iniciales, la intervención del obispo permitió su ingreso en la congregación. Convertido en el hermano Andrés, fue destinado a la tarea más humilde: portero del colegio. Aquella puerta sería su misión durante cuarenta años. Allí, en la sencillez del saludo diario, en la escucha paciente y en la oración silenciosa, comenzó a manifestarse una santidad profunda y discreta.


Quienes acudían a él encontraban algo distinto: un hombre que rezaba con fe inquebrantable, que confiaba plenamente en la intercesión de San José y que repetía siempre lo mismo: «Ve a José, él te ayudará». Pronto, los rumores de curaciones y consuelos se extendieron por Montreal. No se atribuía ningún mérito: insistía en que él solo rezaba y que Dios actuaba.


A pesar de incomprensiones y críticas, su fidelidad nunca vaciló. Las multitudes crecieron, las cartas se contaban por decenas de miles y su amor por San José lo llevó a impulsar la construcción de una pequeña capilla que, con el tiempo, se transformaría en el Oratorio de San José, hoy uno de los santuarios más importantes del mundo.


El 6 de enero de 1937, día de la Epifanía, el humilde portero partió al encuentro del Señor. Más de un millón de personas acudieron a despedirlo, agradecidas por haber encontrado en él consuelo, fe y esperanza.


San Andrés Bessette nos recuerda que Dios no elige según los criterios del mundo, sino según la humildad del corazón, y que una vida entregada con sencillez puede convertirse en un camino luminoso hacia el Cielo para innumerables personas.

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